La majestuosidad del cuerpo permite que sea extensión de nuestra mente, acoplando los más intrínseco de la esencia de cada quien, provocando una resonancia entre alma y cuerpo supeditada entre sí para lograr el conocimiento acerca de la vida de la cual se posee y del camino a elegir, ya sea el sombrío o el de la luz para mantener un equilibrio de ensamble.
La enorme aura de la esperanza debería impregnar todo lo móvil con y sin vida, hacer que los relojes sean olvidados por su oficio y la ansiedad por la métrica del sustento y la monotonía de los individuos se pueda desvanecer en una sonrisa cargada de libertad y desprendimiento del lastre emocional provocado por la mirada del vulgo.
Mentir es el arma, herramienta, o el instrumento que hace marchar el grotesco mundo de las vicisitudes macabras de la “humanidad”, y de las intenciones individuales de cada quien ya sea para bien o para mal; donde la palabra más que recurso para la comunicación, es la clave y el pilar de la construcción de la información, la deidad máxima en un mundo de respuestas e expectaciones.
El odio es la pureza en la naturaleza, ha preexistido en la información codificado de muchas maneras y es tan complejo y maravilloso que la simplicidad de esta palabra no existe, y el desorden que puede provocar es nulo, sus efectos son exactos y precisos; la caótica idea del amor complica la estabilidad de los demás conceptos y genera entropía.
Por último, el abandono de si mismo para lograr un control sobre el alma y el dominio sobre los sentimientos, es un sacrificio mortal y necesario para la imparcialidad.
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