viernes, 7 de octubre de 2011

Lobos




Veo el rojo Sol del atardecer, dando la bienvenida a la fría noche, apaciguando las nubes  y  envejeciendo su luz hasta que muere, solo quedan tinieblas. Un silencio momentáneo se apodera de las calles dando previo aviso al peligro que se  avecina, y entre susurros se escuchan voces adormecidas por una angustiosa supervivencia. No lograba comprender este fenómeno,  pues ocurría exactamente en cada anochecer y esa desidia  por entender  aquel miedo colectivo había desaparecido desde que oí  unos flagelados gritos. El lugar en que me encontraba, estaba lleno de altos y grises edificios, donde nadie se hablaba con nadie, y en el día, tanto  la inercia como la carestía de vida prevalecían. En esa pequeña sociedad solo era un residente más a quien nadie le importaba. Este modo vivir tan autómata hace más profunda mi ignorancia respecto a este entorno. En una tarde decidí salir,  esperando a conocer aquel  noctámbulo  espanto que domina las frágiles conciencias de los humanos enjaulados en sus cómodos apartamentos. Me encontraba solo, con un largo abrigo que me cobijaba de los vientos helados. Las sombras de las paredes en todo el recinto se hacían cada vez más oscuras y siniestras; los focos de luz de algunos postes  estaban averiados  haciendo que la luz fuese más tenue e inexistente y se impregnara mi piel de una extraña sensación de muerte. De todos modos no había marcha atrás. Ví como oscilaban mis pensamientos entre valentía y zozobra. Lentamente mi rostro se había empalidecido por la sugestión de este  mal desconocido que se avecinaba  ya pues era un escenario complejo frente a un misterio que a grandes rasgos era insignificante, pero en una inquietante curiosidad se hacia más exquisita esta situación. De repente el aire se condensó y el silencio anunciaba una irritante tranquilidad.  Esta entidad merodeaba sigilosamente por las angostas calles  y observaba que algo era distinto; ya era un hecho que algo estaba presente  a mis cercanías, ni tan distante, ni tan cercano donde inmediatamente me cobijó una asfixia de desespero que me  llevó a contemplar la idea de que estaba muerto,  sin embargo allí estaba, mis ojos se empañaron de pánico   y quede cegado de la oscuridad que me agobiaba en este instante, tanto así que no recordaba  mi nombre. Los latidos de mi corazón cada vez eran más exagerados y anárquicos  pero a pesar de todas estas sensaciones, la curiosidad que tenía, de cierto extraño modo logró mantenerme más tiempo en esta difícil situación. De un momento a otro, el tiempo se congeló, era el momento esperado, donde esta desconocida entidad se presentó frente a mí, y en ese instante logre contemplar a tan elaborada, compleja y aterradora figura recreada por un colectivo. Era un  enorme lobo, flagelado y en paupérrimas condiciones, con sus ojos furibundos pero con su piel desgastada que gruñía por alguna razón y no era necesariamente por el simple hecho de infundir miedo; era un odio más profundo, más detallado que no era posible entender en un simple animal por tan monstruoso q pareciese. Me acerqué poco a poco con un profuso respeto, pues  sus ojos brillantes y enojados perpetraban  en mi rostro, pero de repente pude observar algo increíble tras esa haraposa figura  de lobo despampanante. Logré observar el sentido más puro del alma, que estaba  desnuda ante la vista y ante este mundo, ví  tanta “humanidad” reflejada en una sola impresión, ví la miseria del alma que habitaba en mi, donde tomaba por cierto lo que creía no ser cuestionado, ví los prejuicios sociales que siempre he me han sometido y a los que algún ente propició. Este lobo era más humano que yo, pues  su deplorable condición se debía a los maltratos que el mundo creado por los hombres, donde la sombra y quietud de la oscura noche le permitiesen caminar por las cortezas desmembradas de un suelo artificial y sobrevivir.
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jueves, 17 de febrero de 2011

Te Soñé


Noche lluviosa y asfixiante se tornó aquel día, donde la congestión del tráfico y el saturado pavimento por los caminantes hacía cada vez más debilitante  aquel instante. Me hallaba en esta fría ciudad. El agua era vacilante a medida que se desplazaba en las calles, desordenada y sin rumbo, simpatizando con la suciedad del pavimento y reflejando un triste destino del simple hecho de deslizarse por lo suelos pareciendo ser humillada por el ambiente q le es rodeado. Las luces que desprenden las estrellas, se ven ahogadas por la obscenidad del neón  de las vitrinas, en un salvajismo llevado por las ansias del vender. El aire, iracundo del veneno exhalado por los pulmones de desconsiderados seres supuestamente racionales, con afanados corazones y con nublada mirada.  Esta es la vida pintada por la sed insaciable de un mal abrumador, que se apodera de cada cosa del  boceto que vemos como ciudad e indirectamente también este mal es  dibujado en nuestros corazones por su propio reflejo. Tantas impresiones generaron este cotidiano día  y cansaron mis pensamientos con tan recargadas pinceladas grises. En mi dicha por poderme desprender de esta realidad aunque sea por unas pocas horas, me recosté en mi cama, modesta pero muy cómoda y paulatinamente el estrés y tanto aire trajinado de mis alientos se fueron liberando. Pasaron muchas horas en la oscura tranquilidad de mi sueño plausible cuando se fueron proyectando imágenes de un recuerdo que a mi pensar, estaba enterrado en lo más secreto de mis reflexiones; pero no fue así. De fondo se veía  un blanco inquietante que parecieran nubes amontonadas para poder dar una tranquilidad casi perfecta; me soñé frente a ti, frente a tu rostro, frente a tu picaresca  y discreta  boca.  La paz se sentía emergiendo de mi corazón adormecido, pero este buen momento, dejó de serlo muy pronto. La felicidad que plasmaba este sueño, en la realidad se tornaba amargo, los besos y caricias de aquel momento soñado, eran  fuertes punzadas directas al corazón. Tan tierno y feliz era este momento que la dicha duró poco, pues este evento que aconteció en mi cabeza, se esfumó rápidamente de mi conciencia  y desperté conmocionado y aturdido. Me levanté de este lecho y en cada paso que daba, sentía como se moría las sonrisas y buenos deseos proyectados para este nuevo día. Te soñé frente a mi, pero ahora estás muy lejos.


domingo, 13 de febrero de 2011

Arena y mar

Se encontraba un viejo, cansado y febril, sentado a la orilla del mar. Observaba las olas tambaleantes, y rechinaban sus dientes  cada vez que desaparecían. Buscaba más que una esperanza  en aquel paisaje; buscaba exasperadamente con su gastada mirada por el evanescente toque del tiempo. Las gaviotas rondaban cerca de él, con ansias de asentarse en sus hombros  y sentir una especie de cobijo de las brisas del mar, pero el viejo no se molestaba de su presencia, ellas eran su única compañía; ninguna persona se atrevía a acercase por su tedioso aspecto. Pasaban los días y el agua salada iba corroyendo sus vestimentas  que eran algo andrajosas, pues aparentemente era un viejo abandonado, sin amigos, sin historia y apartado de toda la realidad, o bueno, exceptuando  la realidad que veía en el mar. La gente lo tildaba de loco y gritaban insolencias por  ser un vagabundo, pero poco o nada causó conmoción en él; solo seguía viendo su atesorado mar. La gente dejó de aborrecerlo y se convirtió en una sombra a    sentada a la orilla del mar. Era sorprendente de que al ser tan viejo este sujeto no pareciera decadente en salud, pero si en su aspecto y era un misterio de lo que se alimentaba. Nadie sabía su nombre, ni su edad aunque a grandes rasgos ya era muy avanzada. Las gaviotas lo abandonaron y las aguas rasgaban sus vestimentas dejándolo poco a poco indefenso ante esta impredecible naturaleza. Su inquietud se hizo más notable, y empezó a caminar con tal delicadeza que pareciera contar sus pasos. Ida y vuelta era su recorrido entre la arena y el agua sin aparente razón alguna pero no todo era rutina, hubo algo que si cambió y ese cambio ocurrió en un día muy particular; el día en que un niño curioso de ver a este viejo en su ambigua actitud decidió preguntarle por sus andanzas. El viejo por primera única vez, se expresó  y amablemente respondió al pequeño: “Muchachito, creo que poco comprendas mi situación y admiro  que después de tantos días te atrevieras a hablar con un vagabundo como yo. El motivo de mi extraña conducta, es simplemente de tristeza y soledad. He vivido muchas aventuras y desventuras en el mar, luche contra ejércitos y monstruos, batallas enteras, donde el sudor y sangre eran palabras de temerarios y la incansable lucha por hacer historia era el motivo de vivir. Era venerado como el más grande de todos los reyes, y mi vida era gloriosa, pero los tiempos cambian”. El niño se sorprendió pero no le creyó y rápidamente se fue alejando, en verdad él creía que ese viejo  era un  loco más. Desde aquel instante, el viejo desapareció, como arena en el mar. Este funesto viejo, olvidado y agonizante era el olvidado y una vez afamado señor de los mares, Poseidón.

lunes, 10 de enero de 2011

Para Céfiro


Terribles pasajes, recrean profundos sentimientos, emociones de  lúgubres intenciones, que son tan fuertes que pueden tiznar hasta la más pulcra silueta de una plateada luna. Cruel tortura sentenciada, la que he de asumir en silencio. Es el peor castigo, que puede exhumar tenebrosos recuerdos que perpleja la sensibilidad del corazón, y aún así, si éste no late en un frió vivir. Aquella angustia no puede salirse de las márgenes del alma humana. No es nada del otro mundo, al contrario, es lo más cotidiano de un simple existir. Aquello que perfora mi ser, desmembrándolo  parte por parte, cegando  la esperanza y manifestando dolor a caótico nivel, es el saber, pero no el entender, el porque nunca te tuve junto a mi, brindándote algo que siempre guardaré para ti, en mi tosco existir. Simplemente amor.

miércoles, 5 de enero de 2011

Confesiones Del Caminante


El destierro de una inmensa cantidad de ideas y voluntades, que han salido a la luz, durante una corta edad, con un sin número de emociones que han sostenido la misma existencia, me permitirá despojar mi alma de  recuerdos errantes y disyuntivos  con mi pensamiento aturdido y aún no manifestado en su esplendor. Sin ánimo de entristecer, ni de opacar siluetas, remonto este escrito a una sola razón, la expiración de mi esencia y la creación de un nuevo pensamiento, libre de ataduras y de vicios, expuestos por un entorno. Al olvido de mis tormentos y también de mis sentimientos, para crecer en mis propósitos. Antologías del pasado atestiguan mis fracasos y desaires, intentos desesperados por determinar mi futuro, que a fin de causas no fueron fructosas. Me despido, abandonando el plano terrenal y a permanecer en una llamarada abrasadora de lamentos desgarrantes, patrocinados por una lluvia turbia de melancolía.