Veo el rojo Sol del atardecer, dando la bienvenida a la fría noche, apaciguando las nubes y envejeciendo su luz hasta que muere, solo quedan tinieblas. Un silencio momentáneo se apodera de las calles dando previo aviso al peligro que se avecina, y entre susurros se escuchan voces adormecidas por una angustiosa supervivencia. No lograba comprender este fenómeno, pues ocurría exactamente en cada anochecer y esa desidia por entender aquel miedo colectivo había desaparecido desde que oí unos flagelados gritos. El lugar en que me encontraba, estaba lleno de altos y grises edificios, donde nadie se hablaba con nadie, y en el día, tanto la inercia como la carestía de vida prevalecían. En esa pequeña sociedad solo era un residente más a quien nadie le importaba. Este modo vivir tan autómata hace más profunda mi ignorancia respecto a este entorno. En una tarde decidí salir, esperando a conocer aquel noctámbulo espanto que domina las frágiles conciencias de los humanos enjaulados en sus cómodos apartamentos. Me encontraba solo, con un largo abrigo que me cobijaba de los vientos helados. Las sombras de las paredes en todo el recinto se hacían cada vez más oscuras y siniestras; los focos de luz de algunos postes estaban averiados haciendo que la luz fuese más tenue e inexistente y se impregnara mi piel de una extraña sensación de muerte. De todos modos no había marcha atrás. Ví como oscilaban mis pensamientos entre valentía y zozobra. Lentamente mi rostro se había empalidecido por la sugestión de este mal desconocido que se avecinaba ya pues era un escenario complejo frente a un misterio que a grandes rasgos era insignificante, pero en una inquietante curiosidad se hacia más exquisita esta situación. De repente el aire se condensó y el silencio anunciaba una irritante tranquilidad. Esta entidad merodeaba sigilosamente por las angostas calles y observaba que algo era distinto; ya era un hecho que algo estaba presente a mis cercanías, ni tan distante, ni tan cercano donde inmediatamente me cobijó una asfixia de desespero que me llevó a contemplar la idea de que estaba muerto, sin embargo allí estaba, mis ojos se empañaron de pánico y quede cegado de la oscuridad que me agobiaba en este instante, tanto así que no recordaba mi nombre. Los latidos de mi corazón cada vez eran más exagerados y anárquicos pero a pesar de todas estas sensaciones, la curiosidad que tenía, de cierto extraño modo logró mantenerme más tiempo en esta difícil situación. De un momento a otro, el tiempo se congeló, era el momento esperado, donde esta desconocida entidad se presentó frente a mí, y en ese instante logre contemplar a tan elaborada, compleja y aterradora figura recreada por un colectivo. Era un enorme lobo, flagelado y en paupérrimas condiciones, con sus ojos furibundos pero con su piel desgastada que gruñía por alguna razón y no era necesariamente por el simple hecho de infundir miedo; era un odio más profundo, más detallado que no era posible entender en un simple animal por tan monstruoso q pareciese. Me acerqué poco a poco con un profuso respeto, pues sus ojos brillantes y enojados perpetraban en mi rostro, pero de repente pude observar algo increíble tras esa haraposa figura de lobo despampanante. Logré observar el sentido más puro del alma, que estaba desnuda ante la vista y ante este mundo, ví tanta “humanidad” reflejada en una sola impresión, ví la miseria del alma que habitaba en mi, donde tomaba por cierto lo que creía no ser cuestionado, ví los prejuicios sociales que siempre he me han sometido y a los que algún ente propició. Este lobo era más humano que yo, pues su deplorable condición se debía a los maltratos que el mundo creado por los hombres, donde la sombra y quietud de la oscura noche le permitiesen caminar por las cortezas desmembradas de un suelo artificial y sobrevivir.
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