domingo, 13 de febrero de 2011

Arena y mar

Se encontraba un viejo, cansado y febril, sentado a la orilla del mar. Observaba las olas tambaleantes, y rechinaban sus dientes  cada vez que desaparecían. Buscaba más que una esperanza  en aquel paisaje; buscaba exasperadamente con su gastada mirada por el evanescente toque del tiempo. Las gaviotas rondaban cerca de él, con ansias de asentarse en sus hombros  y sentir una especie de cobijo de las brisas del mar, pero el viejo no se molestaba de su presencia, ellas eran su única compañía; ninguna persona se atrevía a acercase por su tedioso aspecto. Pasaban los días y el agua salada iba corroyendo sus vestimentas  que eran algo andrajosas, pues aparentemente era un viejo abandonado, sin amigos, sin historia y apartado de toda la realidad, o bueno, exceptuando  la realidad que veía en el mar. La gente lo tildaba de loco y gritaban insolencias por  ser un vagabundo, pero poco o nada causó conmoción en él; solo seguía viendo su atesorado mar. La gente dejó de aborrecerlo y se convirtió en una sombra a    sentada a la orilla del mar. Era sorprendente de que al ser tan viejo este sujeto no pareciera decadente en salud, pero si en su aspecto y era un misterio de lo que se alimentaba. Nadie sabía su nombre, ni su edad aunque a grandes rasgos ya era muy avanzada. Las gaviotas lo abandonaron y las aguas rasgaban sus vestimentas dejándolo poco a poco indefenso ante esta impredecible naturaleza. Su inquietud se hizo más notable, y empezó a caminar con tal delicadeza que pareciera contar sus pasos. Ida y vuelta era su recorrido entre la arena y el agua sin aparente razón alguna pero no todo era rutina, hubo algo que si cambió y ese cambio ocurrió en un día muy particular; el día en que un niño curioso de ver a este viejo en su ambigua actitud decidió preguntarle por sus andanzas. El viejo por primera única vez, se expresó  y amablemente respondió al pequeño: “Muchachito, creo que poco comprendas mi situación y admiro  que después de tantos días te atrevieras a hablar con un vagabundo como yo. El motivo de mi extraña conducta, es simplemente de tristeza y soledad. He vivido muchas aventuras y desventuras en el mar, luche contra ejércitos y monstruos, batallas enteras, donde el sudor y sangre eran palabras de temerarios y la incansable lucha por hacer historia era el motivo de vivir. Era venerado como el más grande de todos los reyes, y mi vida era gloriosa, pero los tiempos cambian”. El niño se sorprendió pero no le creyó y rápidamente se fue alejando, en verdad él creía que ese viejo  era un  loco más. Desde aquel instante, el viejo desapareció, como arena en el mar. Este funesto viejo, olvidado y agonizante era el olvidado y una vez afamado señor de los mares, Poseidón.

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