jueves, 17 de febrero de 2011

Te Soñé


Noche lluviosa y asfixiante se tornó aquel día, donde la congestión del tráfico y el saturado pavimento por los caminantes hacía cada vez más debilitante  aquel instante. Me hallaba en esta fría ciudad. El agua era vacilante a medida que se desplazaba en las calles, desordenada y sin rumbo, simpatizando con la suciedad del pavimento y reflejando un triste destino del simple hecho de deslizarse por lo suelos pareciendo ser humillada por el ambiente q le es rodeado. Las luces que desprenden las estrellas, se ven ahogadas por la obscenidad del neón  de las vitrinas, en un salvajismo llevado por las ansias del vender. El aire, iracundo del veneno exhalado por los pulmones de desconsiderados seres supuestamente racionales, con afanados corazones y con nublada mirada.  Esta es la vida pintada por la sed insaciable de un mal abrumador, que se apodera de cada cosa del  boceto que vemos como ciudad e indirectamente también este mal es  dibujado en nuestros corazones por su propio reflejo. Tantas impresiones generaron este cotidiano día  y cansaron mis pensamientos con tan recargadas pinceladas grises. En mi dicha por poderme desprender de esta realidad aunque sea por unas pocas horas, me recosté en mi cama, modesta pero muy cómoda y paulatinamente el estrés y tanto aire trajinado de mis alientos se fueron liberando. Pasaron muchas horas en la oscura tranquilidad de mi sueño plausible cuando se fueron proyectando imágenes de un recuerdo que a mi pensar, estaba enterrado en lo más secreto de mis reflexiones; pero no fue así. De fondo se veía  un blanco inquietante que parecieran nubes amontonadas para poder dar una tranquilidad casi perfecta; me soñé frente a ti, frente a tu rostro, frente a tu picaresca  y discreta  boca.  La paz se sentía emergiendo de mi corazón adormecido, pero este buen momento, dejó de serlo muy pronto. La felicidad que plasmaba este sueño, en la realidad se tornaba amargo, los besos y caricias de aquel momento soñado, eran  fuertes punzadas directas al corazón. Tan tierno y feliz era este momento que la dicha duró poco, pues este evento que aconteció en mi cabeza, se esfumó rápidamente de mi conciencia  y desperté conmocionado y aturdido. Me levanté de este lecho y en cada paso que daba, sentía como se moría las sonrisas y buenos deseos proyectados para este nuevo día. Te soñé frente a mi, pero ahora estás muy lejos.


domingo, 13 de febrero de 2011

Arena y mar

Se encontraba un viejo, cansado y febril, sentado a la orilla del mar. Observaba las olas tambaleantes, y rechinaban sus dientes  cada vez que desaparecían. Buscaba más que una esperanza  en aquel paisaje; buscaba exasperadamente con su gastada mirada por el evanescente toque del tiempo. Las gaviotas rondaban cerca de él, con ansias de asentarse en sus hombros  y sentir una especie de cobijo de las brisas del mar, pero el viejo no se molestaba de su presencia, ellas eran su única compañía; ninguna persona se atrevía a acercase por su tedioso aspecto. Pasaban los días y el agua salada iba corroyendo sus vestimentas  que eran algo andrajosas, pues aparentemente era un viejo abandonado, sin amigos, sin historia y apartado de toda la realidad, o bueno, exceptuando  la realidad que veía en el mar. La gente lo tildaba de loco y gritaban insolencias por  ser un vagabundo, pero poco o nada causó conmoción en él; solo seguía viendo su atesorado mar. La gente dejó de aborrecerlo y se convirtió en una sombra a    sentada a la orilla del mar. Era sorprendente de que al ser tan viejo este sujeto no pareciera decadente en salud, pero si en su aspecto y era un misterio de lo que se alimentaba. Nadie sabía su nombre, ni su edad aunque a grandes rasgos ya era muy avanzada. Las gaviotas lo abandonaron y las aguas rasgaban sus vestimentas dejándolo poco a poco indefenso ante esta impredecible naturaleza. Su inquietud se hizo más notable, y empezó a caminar con tal delicadeza que pareciera contar sus pasos. Ida y vuelta era su recorrido entre la arena y el agua sin aparente razón alguna pero no todo era rutina, hubo algo que si cambió y ese cambio ocurrió en un día muy particular; el día en que un niño curioso de ver a este viejo en su ambigua actitud decidió preguntarle por sus andanzas. El viejo por primera única vez, se expresó  y amablemente respondió al pequeño: “Muchachito, creo que poco comprendas mi situación y admiro  que después de tantos días te atrevieras a hablar con un vagabundo como yo. El motivo de mi extraña conducta, es simplemente de tristeza y soledad. He vivido muchas aventuras y desventuras en el mar, luche contra ejércitos y monstruos, batallas enteras, donde el sudor y sangre eran palabras de temerarios y la incansable lucha por hacer historia era el motivo de vivir. Era venerado como el más grande de todos los reyes, y mi vida era gloriosa, pero los tiempos cambian”. El niño se sorprendió pero no le creyó y rápidamente se fue alejando, en verdad él creía que ese viejo  era un  loco más. Desde aquel instante, el viejo desapareció, como arena en el mar. Este funesto viejo, olvidado y agonizante era el olvidado y una vez afamado señor de los mares, Poseidón.